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Seda - Alessandro Baricco

"Era, por lo demás, uno de esos hombres que prefieren asistir a su propia vida y consideran improcedente cualquier aspiración a vivirla."
Pág. 11

"Hervé Joncour sintió resbalar el agua por su cuerpo, primero sobre las piernas, y después a lo largo de su brazos, y sobre el pecho. Agua como aceite. Y un silencio extraño a su alrededor. Sintió la ligereza de un velo de seda que descendía sobre él. Y la mano de una mujer -de una mujer- que lo secaba acariciando su piel por todas partes: aquellas manos y aquel paño tejido de nada. Él no se movió en ningún momento, ni siquiera cuando sintió que las manos subían por los hombros hasta el cuello y los dedos -la seda y los dedos- subían hasta sus labios, y los rozaban, una vez, lentamente, y desaparecían."
Pág. 48

"Vagó durante días, hasta reconocer un río, y después un bosque, y después un camino. Al final del camino encontró la aldea de Hara Kei: completamente quemada, casa, árboles, todo.

         No quedaba nada.

         No quedaba un alma.

         Hervé Joncour permaneció inmóvil, mirando aquel enorme brasero apagado. Tenía tras de sí un camino de ocho mil kilómetros. Y delante de sí la nada. De repente vio algo que creía invisible.
       
          El fin del mundo."
Pág. 85




"Tierras de cristal" - Alessandro Baricco

"Un día, Dios dibujo la boca de Jun Rail. Y fue entonces cuando se le ocurrió aquella extravagante idea del pecado."
Pág. 17

"De cuando en cuando el señor Rail volvía. Por regla general, eso sucedía cierto tiempo después de que hubiera partido. Este hecho resulta indicativo del orden interno, psicológico e incluso diríase moral del personaje. A su manera, el señor Rail amaba la exactitud."
Pág. 18

"Aquellas dos imágenes le habían entrado por los ojos como la instantánea percepción de la felicidad absoluta y sin condiciones. Se las llevaría consigo para siempre. Porque es así como te fastidia la vida. Te pilla cuando todavía tienes el alma adormecida y siembra en su interior una imagen, o un olor; o un sonido que después ya nunca puedes sacarte de encima. Y aquélla era la felicidad. Lo descubres después, cuando ya es demasiado tarde. Y ya eres, para siempre, un exiliado: a miles de kilómetros de aquella imagen, de aquel sonido, de aquel olor. A la deriva."
Págs. 24 - 25

"El sexo borra pedazos de vida que uno no es capaz de imaginarse."
Pág. 55

"En los trenes, para salvarse, se leía."
Pág. 65

"... le dije que lo que hay de bello en la vida es siempre un secreto... para mí así ha sido... las cosas que se saben son las cosas normales, o las cosas desagradables, pero después están los secretos, y es allí donde va a esconderse la felicidad..."
Pág. 94

"Iban y venían, los trenes, como enloquecidos. Y toda la gente subiendo y bajando, cada uno cosiendo su historia, con la aguja de su propia vida, trabajo maldito y hermoso, tarea infinita."
Pág. 191

"Cada uno tiene el mundo que se merece. Yo tal vez haya comprendido que el mío es este de aquí. Lo que tiene de extraño es que es normal. Nunca se ha visto nada parecido en Quinnipak. En Quinnipak se tiene en los ojos el infinito. Aquí, las pocas veces que miras a lo lejos, miras a los ojos de tu hijo. Y es distinto.

No sé cómo hacértelo comprender, pero aquí vivimos resguardados. Y no es algo despreciable. Es hermoso. Y, además, ¿quién ha dicho que hay que vivir necesariamente a la intemperie, siempre asomados al cornisón de las cosas, buscando lo imposible, escudriñando todas las escapatorias para evadirse de la realidad? ¿Es que de verdad es necesario ser excepcionales?"
Pág. 207

"Suceden cosas como preguntas. Pasa un minuto, o tal vez años, y después la vida responde."
Pág. 209






"Seda" - Alessandro Baricco

Hervé Joncour pasó los años que siguieron escogiendo para sí la vida límpida de un hombre ya sin necesidades. Sus días transcurrían bajo la tutela de una mesurada emoción. En Lavilledieu la gente volvió a admirarle, porque en él les parecía advertir un modo exacto de estar en el mundo. Decían que era así también de joven, antes del Japón.

Con su mujer, Hélène, tomó la costumbre de realizar, cada año, un pequeño viaje. Vieron Nápoles, Roma, Madrid, Munich, Londres. Un año llegaron hasta Praga, donde todo parecía teatro. Viajaban sin fechas y sin programas. Todo les sorprendía; en secreto, incluso su propia felicidad. Cuando sentían nostalgia del silencio, volvían a Lavilledieu.

Si se lo hubieran preguntado, Hervé Joncour habría respondido que vivirían así para siempre. Tenía consigo la indestructible calma de los hombres que se sienten en su lugar. De vez en cuando, en los días de viento, bajaba a través del parque hasta el lago, y permanecía allí durante horas, en la orilla, mirando cómo la superficie del agua se agitaba, formando figuras imprevisibles que brillaban sin orden en todas direcciones. El viento era uno solo, pero sobre aquel espejo de agua parecían miles los que soplaban. De todas partes. Un espectáculo. Leve e inexplicable.

De vez en cuando, en los días de viento, Hervé Joncour bajaba hasta el lago y pasaba horas mirándolo, puesto que, dibujado en el agua, le parecía ver el inexplicable espectáculo, leve, que había sido su vida.

Páginas 115 - 116


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Mirando para retratar by Juan José Lizama Ovalle is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 2.0 Chile License.