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Yo maté a Poli Délano

 I

¿Qué hora es? Las dos de la mañana ¿Y tú qué haces acá a esta hora? Vengo a matarte. ¿Me estás hueviando? No, no te estoy hueviando, esta mañana me pediste eso, ¿O no? Sí ¿O te arrepentiste? Porque si te arrepentiste, dímelo y me voy de este hospital. No, no, por favor, procedamos, dime ¿Cuál es la fórmula? No lo sé, solo vine a matarte, no pensé cómo. Ah, no, esa no es la idea. ¿Y cuál es la idea entonces, Poli? Morir, pero en silencio y en la literatura. Entiendo, entiendo. No, no lo entiendes, pero tan solo hazlo. Y los demás pacientes, ¿Dónde se fueron? ¿Cuáles pacientes? Los que estaban acá, en las camillas frente a ti. Ah. ¿Los recuerdas? Sí, los recuerdo. ¿Los dieron de alta? Léeme un cuento, y luego me matas. Ok, pero ¿cómo te mato? Léeme el cuento, después vemos cómo. Dale ¿Qué es dale? Nada, no te preocupes. ¿Cómo que nada? Traje whisky ¿quieres un trago? Sí, claro. Llevo veinte días de abstinencia, necesito un whisky, dámelo. Bueno, toma, tómatelo al seco. Claro, al seco. ¿Cómo está? Impecable, no sabes cuánto lo necesitaba. Sí, lo sé, es decir, Juan Camilo me lo dijo esta mañana: Poli está verde por un whisky. Sí, llevo días pidiéndole, pero no se atreve a dar el paso, le tiene miedo a mi hija y a mi mujer. Es normal. Nada es normal, ahora déjate de huevadas, léeme el cuento. Déjame abrir la ventana. Pero va a entrar el viento y nos dará frío. ¿No quieres morir? Sí. Entonces abramos la ventana. Qué cuento trajiste. Traigo varios, para que elijas. No quiero elegir, no estoy de ánimo. Entiendo. Lee, lee por favor. Bueno, escucha... 


El caballo sigue comiendo heno, escucha a su viejo amo y exhala un aliento húmedo y cálido. Yona, escuchado al cabo por un ser viviente, desahoga su corazón contándoselo todo. Fin. Gracias, gracias. Es la hora. Dame otro corto de whisky mejor. Bueno. ¿Qué haces? ¿No querías whisky? Sí, pero por qué te paras al lado de la bolsa del suero. Para darte whisky. Oye, ¿Qué estás haciendo? Dándote whisky Poli, dándote whisky. ¡Hey, para! quiero un corto en vaso, no a la vena, ¡detente! Llegó la hora Poli, hagamos todo de una vez. ¿¡La hora de qué huevón!? De matarte ¿Matarme? Sí, acabemos con tu sufrimiento de una vez, ¿O quieres vivir con esa neumonía y en silla de ruedas lo que te queda vida? Los doctores dijeron que la neumonía va cediendo, y que podían operarme con éxito el coágulo de la médula. Juan Camilo dijo que los doctores hablan puras huevadas. Es cierto ¡Qué huevada! ¡Mátame mejor! Ahí va Poli, siente el calor en el brazo, como avanza por tus venas hasta llegar a tu corazón. ¡Mátame por la cresta! ¡Ayúdame a salir de acá! Tranquilo, de a poco, eso, así, eso, tranquilo Poli, todo va a acabar. Ayúdame. Ayúd… Eso Poli, duerme, este es tu último brindis, la última botella de whisky, como si fueras joven, tómatela toda, completa, tú solo, eso, así… La muerte está en los catres: en los colchones lentos, en las frazadas negras, vive tendida, y de repente sopla: sopla un sonido oscuro que hincha sábanas, y hay camas navegando a un puerto en donde está esperando, vestida de almirante.



II

El féretro está en el hall central de La casa del escritor, en la SECH. Lo rodean claveles, rosas y liliums que inundan la sala con una fragancia de despedida. Sobre la tapa del ataúd hay una bandera del Partido Comunista. El estandarte quiere abrigar el cuerpo de Poli Délano en su despedida.


El salón está lleno. El aire es cada vez más pesado. Las lágrimas brotan como las flores en primavera en los rostros de quienes vienen a despedirse.


Se canta un tango de Pugliese, a capela. Remembranzas, de Pugliese, a capela.


Antes de que el cortejo decida emprender rumbo al cementerio, levanto una mano y con voz trémula pido un lugar, y silencio, para hablar. Quiero decir algo, por favor, les pido que me escuchen:


El martes recién pasado volví a visitar a Poli en el Hospital del Tórax, donde había sido trasladado porque la neumonía no cedía. Lo vi mal, muy mal. Esta vez no había nadie en la habitación. Me saludó, sin mirarme, y con la amabilidad habitual. Me preguntó, como siempre lo hacía, por mi señora y mi pequeña hija. Por su nombre, claro está, porque sin falta me preguntaba por ellas cuando nos veíamos. También al despedirse me decía: dale saludos a Natalie y Antonia. Su memoria era a prueba de balas. Ese día en el hospital le respondí que estaban bien, lindas como siempre.


Yacía acostado, con el mentón pegado al pecho, y los ojos cerrados. Yo estaba silente, a un lado de su cama. Entonces abrió los ojos y me dijo: ven, acércate. Me acerqué. Continuó: quiero que escribas un cuento, un cuento donde los dos seamos los protagonistas, y cuyo argumento sea que tu me matas acá en este hospital de mierda. Me matas con cariño, y con sutileza, y con literatura, de tal manera que la gente piensa que es un suicidio.


Volvió a cerrar los ojos. Al escucharlo me estremecí. Luego tomé su mano, acaricié su cabello, y con unas palmaditas suaves en el hombro le dije al oído: te quiero Poli, te quiero. Y me fui, pensando en que iba a escribir ese cuento.


El vuelo de una mosca corta como con una gillete el aire que satura el hall central. Parece una escena de cine mudo. La gente mira. Se mira a los ojos, y hay gestos que no logro descifrar en el encuentro de miradas. De a poco dejan de prestarme atención. Me siento como cayendo en un abismo infinito, sin destino, sin futuro, sin posibilidad de detenerme, solo cayendo. El roce de una parka me alerta que la gente comienza a moverse, un barullo tímido en el comienzo, se hace cada vez más latente, y mi figura se va difuminando, y luego de unos segundos, ya nadie me mira. Siento como que hubiera desaparecido.


Llegó el auto, dice alguien. Seis hombres agarran el ataúd. Tres por cada lado. Son ellos los primeros en salir, seguidos por la multitud que como por un embudo va saliendo a paso lento.


Hay sollozos.


El salón va quedando vacío, hasta que solo puedo observar las coronas y ramos de flores que poco a poco son llevadas por unos hombres de camisa celeste rumbo al auto donde Poli Délano recorrerá por última vez las calles de Santiago.


Cuando ya todos se han ido, me siento en una silla.


Agarro mi teléfono móvil. Observo el reflejo de mi rostro en la pantalla, el brillo de mis ojos, la palidez de mis mejillas. Abro mi gmail y busco todos los mails que recibí de polidelano@gmail.com.

El primero que leo es uno cuyo asunto es “Gracias Poli…”. Esa cadena la partí yo. Escribí el 16 de Junio de 2017:


Hola Poli,

Quería darte las gracias por tu comentario a mi cuento ayer. Me dio mucha alegría, y satisfacción y gratitud. Me dio ilusión.

Abrazo

JJ


Poli respondió al día siguiente, el 17 de Junio:


JJ: no fueron elogios vacíos. Estoy impresionado de tu progreso hondo y rápido. Creo como tú, que se deben a tus lecturas y al taller, pero el motor fundamental es tu pasión.

Un abrazo para los tres con mi cariño,

POLI


Reviso mails de 2012, de 2013. Quiero ver cual es el último, de cuanto tiempo atrás. Fue del 11 de Julio de 2017. Un mes antes de su muerte. Poli escribió lo siguiente:


JJ: si vas a comprar algo de Simenon, pregunta por "Carta a mi juez"...

Saludos,

POLI


Una presión en el pecho me impide respirar con normalidad. Una lágrima cae sobre la pantalla de mi teléfono. Aún puedo percibir el aroma de las flores, triste y oscuro. Olor a muerte, a despedida. 


Me pongo de pie, y salgo de la SECH. Afuera es noche. 


Poli, afuera es noche. Tu vas de camino al cementerio, o tal vez ya llegaste, quizá ya estás solo en el cinerario. Por mientras yo camino con las manos en los bolsillos, sintiendo en la punta de mi nariz el aire frío que corre con suavidad por Santiago. Está nublado. Los faroles del Parque Bustamante recién han comenzado a iluminar. Un grupo de jóvenes ríen, y toman cerveza. Escuchan Lucha de gigantes. Observo los bares y la vida de calle Santa Isabel. Escucho las risas, el choque de los vasos mientras los ¡salud! se multiplican, así como los rostros jóvenes que beben con pasión. Por un instante pienso en las escenas de fiesta que estampaste en Un ángel de abrigo azul, por un instante creo que existe la posibilidad que aparezcan esos personajes, Enrique Lihn, Rubén Azócar, y Roberto Falabella por ejemplo, junto a ti Poli. Por un instante creo que tu también estás ahí, esperándome, para invitarme y presentarme a tus amigos, leyendo este cuento a viva voz, riéndote de la muerte por mi loco afán de asesinarte con un whisky a la vena, burlándote también del manto negro, de ataúdes y cementerios. Ironizando con la posibilidad de morir en la literatura, vulnerando el tiempo, y la conciencia. Mientras tanto camino. Camino con las manos en los bolsillos ahora a paso firme por Bilbao. Frente a una vitrina oscura puedo ver el reflejo de mi rostro, otra vez. Mis ojos hinchados son de una ternura infinita, y también de una tristeza que se come todos los colores que alguna vez pude tener, dejando mi corazón negro, como la noche, y también como la muerte. La terraza del Hemingway está vacía. El interior está vacío, solo veo a la chica que atiende las mesas. Me siento justo abajo de la foto de Hemingway. Lo miro, y pienso en Fiesta, en que fuiste tu Poli quién me dijo que su título era The sun also rises. Pienso en que te pareces a él, al menos en esa foto. Un Martini Seco, por favor. Sí, bien seco, como le gusta a Poli Délano. Me lo tomo de un sorbo. Pasan pocos autos por Bilbao. Cuento el intervalo entre uno y otro. Juego con el agua que la copa congelada dejó como huella sobre el individual de plástico que tengo en mi mesa. Con el dedo índice hago figuritas. Poli, afuera es noche, y la noche arrecia.


Con el vaso vacío en mi mano, pienso en esa última despedida, en el Hospital del Tórax. Recordar ese momento me da una calma infinita, casi una alegría. Cuando te di unas palmadas suaves en el hombro, y acercándome a tu oído te dije: te quiero Poli, te quiero.


Para Poli Délano,
Octubre 2017.

Crítica de "Aquí y Ahora" cartas entre Paul Auster y JM Coetzee

Mi crítica es la siguiente:

Paul Auster es un egocéntrico culiao.

Coetzee en cambio es un viejo petulante que quiere demostrar lo sabio e inteligente que -cree- es en cada una de sus opiniones.

Me llama la atención que cuando hacen mención a los libros que han escrito (uno sobre los libros del otro) lo hagan de una forma tan superficial, como dejando en el aire la posibilidad cierta de que en realidad no se han leído, o al menos no con la atención, y por tanto cariño, que se dicen tener. Sólo se limitan a reverencias que parecen bastante falsas.

(Propio... intento, ejercicio, prueba)

La vida es una tragedia, salvo cuando estamos borrachos. Con esa frase terminé la última carta que le envié a mi sobrino desde Barcelona. No respondí  ninguna de sus preguntas, sólo me dediqué a divagar por lugares que vengo intentando explorar en esta correspondencia privada, con el afán de escribir algunas memorias.


Pienso a ratos que hago mal con esta comunicación, que corremos el riesgo que mis palabras quemen las ilusiones de Errebé. Él dice que no, cuando lo sugiero. Yo confío en que como adulto tiene la capacidad de entender qué ilusiones valen la pena. Aunque luego advierto que ser adulto jamás trae la sabiduría anhelada, que por el contrario sólo hallamos confusión con el paso de los años, intentando estériles explicaciones del pasado. Henry Miller lo dijo de manera precisa en El tiempo de los asesinos “Es el pasado, no el futuro, lo que nos devora. El futuro siempre ha pertenecido y seguirá perteneciendo al poeta.” Y mientras más adultos, menos poetas y más prosaicos nos volvemos...

Objeto para divagar (Propio)

Un banco de un plaza es un camaleón.

Acabo de sentarme en él.

Por mientras observo una foto que le tomé al mismo banco
la semana pasada
en él hay otra persona sentada, con las piernas estiradas hacia adelante.

¿Y no le da frío por las noches en invierno?

¿Que hace cuando se sienta sobre él un poto hediondo y sudado en verano?

Un banco de una plaza
es un objeto

------------------------- o -------------------------

En una foto todos somos
(o podemos ser)
un objeto

Los objetos son interesantes porque son lo que uno ve
son lo que uno hace con ellos

Los objetos personas son ladrones o pastores de iglesias
son obispos o pederastas
son víctimas o victimarios
son Pinochet o asesinos torturadores
son Allende o intrusos obtusos que osan hundir un país por sus ideales huevones
son un perro o un gato
son borrachos o perdidos

Los objetos personas son acaso una sombra

La literatura es un objeto también, un objeto que no entiendo

La matemática es otro objeto, un objeto poético muy bonito que me gusta y excita
me excita el 5 cuando va después del 28

La historia es un objeto, que los chilenos odiamos

El paisaje es un objeto que los chilenos amamos en nuestra tierra

El país es un objeto, y lo amamos y odiamos según el ángulo con que le miremos

En este instante soy un objeto cerveza. Un objeto ebrio escribiendo para alguien que no va a venir.

. .

Cada letra es tuya.

Cada palabra es tuya. 

Cada libro de la biblioteca que juntos leeremos, es tuyo.

Renunciaré a todas las banderas, porque tu eres mi nueva patria.

Renunciaré a todas las causas, porque tu eres el nuevo mundo.

.

A veces la felicidad puede estar en un lugar inaccesible a las manos, un lugar casi invisible, diminuto... y ser aun tan inmensa, pujar cada poro de tu piel con una fuerza desconocida, que no puedes sino rendirte ante ella y celebrarla.

Satie - [Propio]

En el fondo no hay nada -piensa mientras se mira a los ojos frente al espejo. Comienza a retroceder, a tomar distancia de sí mismo, a mirarse de cuerpo entero en el reflejo que cada vez queda centímetros más adelante.

El living de su casa tiene solo esa gruesa lámina de cristal enmarcada y pegada en la pared. El piso flotante está opaco, con cada paso que da en su ejercicio de tomar distancia de sí mismo deja una huella tatuada sobre una delgada, pero visible, capa de polvo. El salón luce cubierto por un manto de sombra que abarca cada rincón sin misericordia, las paredes blancas aparentan un color gris claro, y la luz del día parece observar con timidez la escena desde la ventana.

Está completamente desnudo. Primera vez, en sesenta y cinco años, que padece un sentimiento de desamparo que le araña hasta la yema de los dedos. Perplejo ante la vida, lleva tres semanas sin salir a la calle. Dos sin vestirse, ducharse ni afeitarse. Hace tres días que sólo toma agua. Y hoy en la mañana acabó el último rollo de papel higiénico.

Transita lento, pero esta vez no va seguro. Como tanteando cada paso, retrocede esperando sentir de pronto el frío metálico de la pared de concreto sobre su espalda, siempre mirándose de frente.

En su cabeza, al compás de sus pasos temerosos, suenan una a una las Gnossiennes de Erik Satie. Imagina al artista de la melancolía con su piano, en cuya cubierta está pintado, con borrones y manchas de vino, La Persistencia de la Memoria, de Salvador Dalí. Lo ve sentado frente a un ventanal muy grande que da al mar, y junto al sonido de cada nota, una cortina de agua cae rompiendo la tierra, y al tiempo que Satie desnuda la música de una pena punzante, mira el horizonte con desolación, con la mirada fija en nada, con la mente en blanco y su cuerpo sufriendo.

La muralla es un témpano que toca su piel y la quema. Suspira corto, le duele el hielo que hace crujir su columna vertebral. Dos lágrimas opacas, silenciosas, comienzan a deslizarse con personalidad, sin pudor, sobre sus mejillas pálidas.  Y entonces deja caer su cuerpo lentamente por el roce de su espalda con la pared, hasta quedar sentado sobre el suelo. Cae arañándose la piel, dejando un rastro sanguinolento que dibuja en la muralla una cascada desfigurada.  Hace todo esto sin mover la vista del espejo, observando al revés las manchas de sangre, observando su cuerpo flácido como un bulto que lentamente se adapta a su base, mirando cómo cada extremidad acomoda su presencia en el piso, siguiendo el aterrizaje de sus testículos canosos en el polvo frío de la madera.

Paralizado, como una pieza de carne inanimada, que no puede inmutarse, incapaz de manifestar emoción alguna. Pareciera que su rostro en cualquier instante se desprende trozo a trozo de su cuerpo, como gotas de lava, cayendo derretido al suelo. De pronto el espejo explota, y millones de filamentos de vidrio salen disparados por toda la habitación, el sonido es como una lluvia que azota el parquet de un apartamento sin techo en Paris. Algunos cortes de vidrio se entierran en su cuerpo, derramando flujos de sangre sobre sus brazos, piernas y abdomen.

Lentamente se hace de noche, nubes grises ocultan los últimos rayos de sol, y el cerro Santa Lucía se torna más opaco, más lúgubre.

Cuando está cabeceando, muy próximo a caer rendido y dormido, unas llaves anuncian el forcejeo de una persona con la manilla de la puerta. Él gira la cabeza, con un movimiento parsimonioso, sin ánimo de enterarse, casi por intuición. La puerta se abre, y alguien del otro lado demora el instante. Él no tiene fe, no piensa en nada, no aventura siquiera una hipótesis sobre la identidad del invitado. Entonces ella empuja la puerta con violencia. La muralla acusa el golpe, la manilla se hunde y atrapa la puerta impidiendo el rebote. Ella está ahí. Está ahí de vuelta con el pelo tomado, jeans y una camisa a cuadros. El corazón de él se acelera, sus ojos no son expresivos, pero sus mejillas le ayudan a dibujar una sonrisa lenta y poco enfática.

Te amo, le dice ella. Te amo, y aquí me voy a quedar.

"Borrachos" - [Propio]

Sí, estoy seguro que era Arturo Belano. Caminábamos los tres por la orilla de uno de los canales que conectan Camden Town con la Little Venice, Regent’s Canal, en Londres. Íbamos cantando una canción latinoamericana, algo de Carlos Vives. Cantábamos y saltábamos como salvajes, como desconectados del lugar y de nosotros. Rimbaud cantaba muy bien en español, era sorprendente que supiera esa canción de ritmos hechos para la cadera.

No sé por qué razón era Belano y no Bolaño. Tenía la cara de Bolaño, sí, pero le decíamos Arturo Belano. Con Rimbaud jugábamos ironizando, molestándolo por sus ansias ridículas de buscar a una poeta perdida en el norte de México.

Habíamos estado bebiendo toda la tarde en la casa que Rimbaud arrendaba en Londres. Mucha cerveza. Todo comenzó a eso de las cuatro de la tarde. Belano quería advertirnos que no tenía más alternativa que cambiarse de bando, de la poesía a la prosa. Nos dijo con un evidente pesar que la vida capitalista no le dejaba opción. Rimbaud le dijo que hacía lo correcto, porque a su parecer tenía completamente más dedos para la prosa que para la poesía, aunque el mejor cambio sería dejar la literatura e irse en busca de la fortuna errando por Europa, porque al final del día -proseguía-  la literatura era una mierda, llena de dinosaurios envidiosos que escriben para aumentar su ego, para aplaudirse entre ellos, para repartirse los premios.

Belano asintió y le dio la razón a Rimbaud, citando como ejemplo a Octavio Paz, a Neruda y a la Real Academia Española. Pero luego dijo que también había resistencia y próceres por los que continuar en la literatura batallando desde alguna trinchera. Citó entonces en primerísimo lugar a Mario Santiago,  Nicanor Parra y Enrique Lihn, luego a Bioy Casares y Borges, y finalmente una lista casi interminable de poetas franceses. En esta última parte corrió el riesgo de que Rimbaud le tirara un vaso de cerveza en la cara, pero eso no pasó.  Yo no estuve de acuerdo con ninguno de los dos, pero no quise decirlo porque mi universo literario era tan nada comparado con el de ellos, que sentí vergüenza de decir una barbaridad. Preferí no correr el riesgo, y solo atiné a citar un verso de una canción, les dije: se hunden en su propio orgullo par de hueones amargados, como dice La Vela Puerca “todo vale la pena, si te hace reír”. Se produjo un silencio, se miraron entre ellos, luego voltearon su cabeza para mirarme con cara de what!?, volvieron a mirarse y entonces estallaron las carcajadas, como una tromba de tambores.

Estábamos sentados en el living. Una mesa de centro armada por cajones de tomates dispuestos en posición vertical, y sobre ellos, perpendicularmente una tabla mal cortada, de bordes carcomidos. Una madera de color café claro, con abundantes manchas de vino y té en la superficie. Además habían dos sillones añejos, deshilachados, con agujeros por doquier, color azul marino. Las murallas eran de color celeste, con abundantes huellas de humedad, sobre todo en las partes más altas, en las cercanías de los rincones. Trizaduras que no supe distinguir si eran superficiales, sobre la tela de pintura vieja, o bien estructurales sobre el concreto que sostenía la antigua casa. No había un cuadro. El espacio era frío, y se dejaba sentir con insistencia en las partes descubiertas del cuerpo.

A eso de las ocho de la tarde Rimbaud se levantó de su lugar, y con paso tambaleante se dirigió a la cocina. Regresó a los minutos, con un hilillo de vómito en la comisura de sus labios, y una botella de Whisky en su mano izquierda. Se paró frente a nosotros, frente al sillón que compartíamos con Belano. Con un continuo vaivén, alzo la botella y mirándonos a los ojos dijo, gritando, en francés: “santé à cette putain de vie”. Yo me reí, no pude evitarlo. Rimbaud, ebrio como puta, tomó un sorbo largo y, acto seguido, enojado –creo- me escupió el whisky amargo sobre la cabeza. No alcancé a cubrirme. Él se rió luego, con los ojos medios llorosos se reía y gritaba cosas en francés. Belano miraba incrédulo. Estábamos los tres borrachos, pero Rimbaud por lejos estaba más ebrio que nosotros. Yo sentí rabia, pero me contuve. Me levanté y me dirigí al baño. Me limpié la ropa, me mojé la cara, y volví al living.

Como dije, caminábamos por la orilla del Regent’s Canal en dirección al Regent’s Park, uno de los parques más lindos y grandes de toda Londres. Eran las tres de la mañana. Cantábamos y saltábamos. Rimbaud cantaba bien en español. Belano también saltaba, con energía, con la misma energía con que a veces irrumpía en recitales de poesía en la ciudad de México, en el Zócalo, y gritaba interrumpiendo, en contra de Octavio Paz, en contra de todos los que pensaban distinto a él. Belano se esforzaba por pensar distinto, para disentir, discrepar de todos a su alrededor. Recuerdo esa vez que me dijo, muy serio, que no se decía anarquista solo porque en el acto comenzaría a discrepar del anarquismo, que ante cualquier cosa que en un grupo humano fuera aceptada unánimemente, él sentía un impulso a contrariarlo.

 - Paren –dijo Rimbaud. Voy a recitarles un verso.

“He creado todas las fiestas, todos los triunfos, todos los dramas. He tratado de inventar nuevas flores, nuevos astros, nuevas carnes, nuevos idiomas. Creí adquirir poderes sobrenaturales. ¡Y bien! ¡debo enterrar mi imaginación y mis recuerdos! ¡Bella gloria de artista y de narrador perdida!”

Belano aplaudió. ¡Bravo! ¡Bravo! gritó mientras golpeaba sus palmas. Yo lo seguí con los aplausos.

- Ahora yo –dijo Belano.

“Hay dos cosas que me resultarían maravillosas. Una es perder la memoria. Y la otra los años, para volver a empezar.”

- ¿Volver a empezar qué? –pregunté.
- No sé. Tal vez a vivir, tal vez a escribir. No lo sé bien -dijo Belano.

Rimbaud me miró. ¿Y tú? –me dijo. Vas a recitar alguna mierda.

“He descubierto en mí una inclinación a prever las consecuencias malas, exclusivamente. Se ha formado en los últimos tres o cuatro años; no es casual; es molesta.”

- Pero esa huevá no es tuya, es de Bioy. La invención de Morel. Maldito ladrón! –dijo Belano. Yo también la subrayé, me aprendí esa novela casi de memoria.

Ya amanecía, estábamos los tres tirados en el pasto, en el Regent’s Park. Belano y Rimbaud dormían abrazados, con sus piernas entrecruzadas, como dos amantes. Yo los miraba. Les tomé una foto, y la subí a Instagram.

Cuando esa mañana le conté el sueño a mi terapeuta, sólo atinó a reírse. Al terminar la sesión me dijo que dejara de leer por unas semanas. Que me relajara.

Yo no le hice caso. No le voy a hacer caso.

[Practicando Inicios de Relatos]


En el fondo no hay nada -piensa mientras se mira fijo a los ojos frente al espejo. Comienza a retroceder, a tomar distancia de sí mismo, a mirarse de cuerpo entero en el reflejo que cada vez queda centímetros más adelante.

El living de su casa no existe, tiene solo esa gruesa lámina de cristal enmarcada y pegada en la pared. El piso flotante está opaco, cada paso que da en su ejercicio de tomar distancia de sí mismo deja una huella tatuada sobre una delgada, pero visible, capa de polvo. El salón luce cubierto por un manto de sombra que abarca cada rincón sin misericordia, las paredes blancas aparentan un color gris claro, y la luz del día parece observar con timidez la escena desde la ventana.

Está desnudo. Lo que se dice completamente desnudo. Primera vez, en sesenta y cinco años, que padece un sentimiento de desamparo que le araña hasta la yema de los dedos. Perplejo ante la vida, hace ya tres semanas que no sale a la calle. Lleva encima dos semanas enteras sin vestirse, sin ducharse ni afeitarse. Hace tres días que sólo toma agua. Y hoy en la mañana acabó el último rollo de papel higiénico.

Transita lento, pero esta vez no va seguro. Como tanteando cada paso, retrocede esperando sentir de pronto el frío metálico de la pared de concreto sobre su espalda, siempre mirándose de frente.

Casi me caí al precipicio
Pensé

Aunque estaba lejos
El precipicio era la oportunidad


[Practicando Inicios de Relatos]

- Ya está! Adiós mi amor.

Es todo lo que Bautista dice al borde del lecho de muerte de Noelia.

La conoció a Noelia cuando él tenía 23 años y ella tenía 21. Ahora cuando tiene 83 años de edad, 60 años después de que se conocieran, recorre un sinnúmero de imágenes, escenas, canciones, fiestas, bailes, discusiones. No está triste, al contrario, su sensación es la de alguien que está satisfecho con lo que hizo en su vida. Se siente orgulloso y contento del camino recorrido, de lo hecho y de lo que pudo ser. La mira a ella, que yace con los ojos cerrados. Imagina que en alguna parte de la existencia ella va caminando, recorriendo y recordando al igual que él lo vivido. La piensa con la misma emoción de satisfacción que siente él. Piensa que la tarea está cumplida, que eso finalmente era todo. Que eso era todo a lo que en algún momento le tuvo tanto miedo.

Entonces se despide diciéndole al oído que fue la mujer más importante de su vida, a la que más amó, que guardará su sonrisa, cada sonrisa, en su memoria por lo que le quede de vida.

[Practicando Inicios de relatos]

Acabo de borrar por enésima vez el inicio de esta historia. Es atrevido incluso que la llame esta historia, porque a decir verdad es la carencia de algo que contar lo que me ha llevado a dejar en blanco esta página una vez más.

Son las tres de la madrugada de una fría noche Londinense. Vivo acá desde hace siete meses. Vivo solo, en una pieza subterránea que tiene una claraboya pequeña por la que entra un poco de luz durante el día. No tengo cocina, pero sí un baño privado. Tengo al menos conexión a Internet. Mi pieza tiene las murallas de ladrillo, que están húmedas y feas. No me gusta donde vivo. Tengo además una cama de una plaza y media, una estufa eléctrica, un escritorio, una lámpara, mi computador y cinco libros en español que me traje desde Chile: La vida privada de los árboles de Alejandro Zambra, Los Detectives salvajes de Roberto Bolaño, Conversación en la catedral de Mario Vargas Llosa, El museo de la inocencia de Orhan Pamuk, y El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura. Vistos desde la puerta del baño parecen sólo cuatro libros.

En las tardes, cuando ya está oscuro, a eso de las cuatro, y observo mi pieza desde el umbral, pienso en las historias de Joyce en Dublineses o en la vida de Rimbaud, lo imagino caminando borracho por alguna calle del Camden Town junto a Paul Verlaine. Pienso en una vida a oscuras, de noche, una vida depresivamente de mierda, sin mucho sentido, sin sol.

Hace un rato hablé con mi hermano por Skype. Cuando hablo con gente de Chile me apresuro en ser el primero en preguntar, como poniendo una barrera con la cual evadir toda posibilidad de tener que ser yo quien cuente algo, quien cuente como está, qué ha hecho, y cómo va la novela que siempre digo estar escribiendo. No sólo borro estás páginas una y otra vez porque no tengo nada que contar, sino que en realidad no tengo nada que contar de mi vida cuando, ya no con el lápiz sino que con el teléfono o mi computador, tengo que hablar con alguien de Chile.

Entonces evado.

Me quiero fugar de la línea telefónica.

Junté plata y me vine. Dije que quería un año sabático, un año en Londres, para leer mucho y escribir mi primera novela. Han pasado siete meses y pienso que me vine a puro hueviar. Aunque no me arrepiento de esta decisión, porque no puedo arrepentirme de haberme culiado a la mina más rica que podría haberme agarrado en la vida, pienso que tal vez con un plan, algo mejor pensado, esto sería diferente. Pienso que quizá con una compañera esto sería distinto. Digo una compañera, como generalizando, porque soy cobarde y no quiero nombrarla. Aún le tengo miedo a su presencia…

[Practicando Inicios de relatos]

Era una radio Phillips con doble casetera. Años que esperaba tener una en casa y al fin mi mamá me sorprendía por primera vez. Yo esperaba en esa navidad, como en los últimos cinco años, algunos calzoncillos y un par de calcetines oscuros que me sirvieran para vestir casual y con el uniforme del colegio.

Tenía dieciséis años, había terminado tercero medio, y era ridículamente fanático de los Gun’s & Roses. Digo ridículamente hoy mientras me veo en el recuerdo buscando en alguna tienda del persa de Estación Central o en Franklin pañuelos como los que usaba en la cabeza Axl Rose.

Mi pieza era pequeña, rectangular. No sé bien de cuantos metros cuadrados. Tenía una cama de una plaza, dispuesta junto a la muralla más larga, dónde estaba la ventana por la que entraba un poco de luz en primavera y verano. Las paredes estaban pintadas de azul, y el cielo era rojo. Tenía algunos pósters de Marcelo Salas y de los equipos de la U que ganaron el bicampeonato en 1994 y 1995 pegados con scotch en la muralla en que se apoyaba mi cama. Mi closet era de dos puertas deslizantes, se dividía en un lugar para guardar la ropa doblada, más algunos cajones en donde guardaba mi ropa interior, y mis preservativos, y en otro para colgar chaquetas, pantalones y ropa que no debía ser doblada para evitar que se arrugara. Haciendo uso del espacio, como un ingeniero del hacinamiento, a los quince años me atreví a colocar un librero rectangular de 1,80 metros en que almacenaba libros, revistas y cuadernos. Un mueble que reducía el espacio de manera grotesca. En él hice un espacio para mi nueva radio.

Antes de ese verano mis padres entraban poco a mi pieza. Casi nunca. Tácitamente era mi lugar privado de la casa. Yo no entraba a su dormitorio hacía tres o cuatro años. Dejé de hacerlo después de una mañana en que entré, sin golpear previamente la puerta y vi a mi padre parado en la orilla de la cama y a mi mamá arrodillada chupándole el pico. Aprendí entonces lo del espacio privado, lo de golpear antes de entrar, lo de pedir permiso. También aprendí que mi mamá podía chuparle el pico a mi papá como lo hacen las minas en las películas porno, y luego darme un beso en la mejilla de saludo en la mañana.

Ese verano sin embargo sus visitas a mi pieza se hicieron más frecuentes, sobre todo los fines de semana. Básicamente para pedirme que bajara el volumen de la radio. Disfrutaba tirándome sobre mi cama a leer en la mañana con la radio prendida, escuchando un cassette de los Gun’s & Roses, a todo chancho...

Mis documentos - Alejandro Zambra (comentario)

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Mientras leía este libro, caminando por una calle mojada, llena de charcos, en un día nublado de Londres, comencé a divagar sobre lo autobiográfico de muchos de los cuentos. Me pregunté entonces sobre la veracidad de los hechos, vi a Zambra en algunas escenas. Luego pensé en el sentido de querer saber la verdad, de entender si efectivamente era o no autobiográfico. ¿Tiene sentido? ¿qué aporta a la lectura conocer esta información? Desplacé entonces la reflexión y vi, como quien ve algo nuevo en la superficie de una mesa cuando levanta el mantel que la cubre, una reflexión alternativa: ¿la autobiografía de quién me interesa? ¿a quién busco/veo mientras leo? ¿quién está retratado cuando nos gustan los libros?

***

Me fue inevitable pensar en el libro de Orhan Pamuk llamado "El novelista ingenuo y el sentimental" mientras leía las historias de Zambra. Sobre todo con los cuentos de la parte I y II -salvo el que se titula "Verdadero o falso"- porque parecen escritos a modo de autobiografía.

Pienso esto no sólo por que están escritos en primera persona del singular (salvo uno), sino que también por que las historias que allí se depositan Zambra las ha hablado, contado, escrito como partes de su vida en otros lugares. Por ejemplo, en esta charla cuenta exactamente algunos episodios de su infancia que son relatados en "Mis documentos". Está ahí, como calcada, la historia en que de niño pensaba que en la misa el cura decía "ni pasos dejo, ni pasos doy". O en otras entrevistas, quizá en su libro "No Leer" hay referencias a su vida en el colegio que se repiten.

Entonces uno como lector, yo en particular, comienza a imaginarse a Zambra en esos espacios. Él aparece como el inevitable protagonista, aunque en "Formas de volver a casa" insista en que no le gustaría ser protagonista de una novela (cuando su hermana, Claudia me parece que se llama, sí quiere ser un personaje). Y aparece él con su cara hinchada, su melena, y sus lentes de nerd, sentado en los lugares del Instituto Nacional, o caminando en Prinsengratch con el padre de Camilo, o en el martirio del proceso de dejar de fumar.

Todo este entramado que uno se arma en la cabeza, entre entrevistas, reportajes, conferencias, los cuentos y novelas, de un mismo autor/personaje son huellas que permiten acercarse al escritor, entender e imaginar un poco su vida.

Con Bolaño me pasa exactamente igual, leer sus libros pareciera ser leer su vida. Cuando lees al personaje que cuida un camping cerca de Barcelona y después Bolaño dice que él hizo ese trabajo, entonces se mezclan las historias. Las novelas y los cuentos tienen también otro significado, porque parecen abrir la cortina del living de los escritores para verlos en su vida cotidiana.

Pero no es el morbo de saber como culea Zambra esto al final lo que a uno como lector lo mueve en las novelas que parecen ser autobiográficas, sino más bien es el propio mundo sensorial que uno entiende reflejado en las experiencias de los personajes, del escritor por supuesto. Porque no puede el escritor sino proyectar su forma de sentir, vivir y experienciar el mundo en sus personajes.

"Lo que Anna Karénina sintió en el tren es tan parecido y al mismo tiempo tan distinto a nuestra propia experiencia que tiene la capacidad de hechizarnos. [...] sabemos que Tolstói nos está relatando, a través de Anna Karénina, su propia experiencia vital y su propio universo sensorial." dice Orhan Pamuk en "El novelista ingenuo y el sentimental". El autor crea personajes, crea historias, que probablemente vivió pero no hay autobiografía en el sentido más estricto. No es la autobiografía lo que llama la atención, sino el uso que se hace para exponer una forma particular de sentir y ver el mundo. "La precisión, la claridad y la belleza de los detalles, la sensación de << Sí, es justamente así, eso es>> que evoca la descripción en nuestro interior, y la ejemplar capacidad de un texto para lograr que una escena cobre vida en nuestra imaginación, todas estas son cualidades que nos hacen admirar a un escritor."

Me gusta lo que dice Pamuk, finalmente lo que los lectores conocemos (o creemos conocer) de la vida de los escritores tiene que ver con esto: "Lo que había permitido que esa mujer tan perspicaz me conociera bien habían sido mis propias experiencias sensoriales, que yo había trasladado de forma inconsciente a todos mis libros, a todos mis personajes: lo que siento cuando huelo el aroma de la tierra empapada por la lluvia, cuando me emborracho en un restaurante bullicioso, cuando toco la dentadura postiza de mi padre tras su muerte, cuando me arrepiento de estar enamorado..."

Lo bacán es el enlace, la manera en que este espacio común de sensaciones nos permite querer ciertas novelas, historias y autores. Qué importa si es autobiográfica o no, para qué ser tan copuchento. De eso finalmente me convencí, lo lindo es que la literatura puede lograr salir del papel y meterse en nuestro cuerpo, como en Matrix, y llevarte a lugares, citas, emociones, sensaciones.

En los libros que nos gustan, como que uno se refleja, o entiende que lo que a uno le pasa, lo que uno siente, le sucede también a otros. La gracia, pienso, que hace a los escritores ser geniales para sus lectores es que descubren de manera preciosa y precisa las emociones humanas, de forma tal que hacen sentido, evocan historias propias, y uno como lector siente que puede acceder a lo que se relata, que eso que el autor dice es cercano de algún modo esquizofrénico para uno como lector. Yo, por ejemplo, estudié en el Liceo Lastarria, y tuve profesores idénticos a los que Zambra describe en la página 100. También nos maltrataban, nos decían que no llegaríamos a ningún lado, nos amedrentaban con lo difícil que era el colegio. Al leer esa página 100 y algunas otras del cuento Instituto Nacional recordé el episodio en que recibí la nota de la primera prueba de historia que fue un 1,5. Fue volver al momento en que la profesora comunicó mi nota como la más mala del curso en voz alta, y dijo mi nombre, y dijo que se notaba que había entrado por pituto, y dijo que no duraría nada en el colegio. Hueona de mierda.

Por eso me gustan los libros de Zambra. Me gustan por que me gusta mi vida, y me gusta recordarla.



Perorata sobre las normas

Aprendimos en las salas de clase de las normas de una sola manera: anotación negativa por aquello que no se debe hacer. Tres de estas anotaciones significaban llamado de tus padres a conversar con el profesor sobre tu conducta. Mala conducta. Lo terrible que era llegar a decirle a tus papás que los citaban a las 8.30 al día siguiente para conversar con el profesor porque tenías tres anotaciones negativas. El reto era penca, aunque te habías preparado todo el día para él.

Que proceso más culiao. Uno era culpable. Tenía que sentirse culpable. Más encima uno mismo tenía que comunicarle a los padres la noticia, o bueno hay otras maneras como mostrar la libreta de comunicaciones, pero es lo mismo.

Así aprendí a:
- Que no es bueno pegarle muy fuerte una paipa a un compañero.
- Que cuando el profesor dice silencio, uno debe efectivamente quedarse callado.
- Que tratar de aprender del conocimiento de tu compañero en una prueba es indebido.
- Que si no te dan permiso para ir al baño, aunque te mees o cagues, no puedes salir de la sala.

En fin.
A pesar de ello, uno vivió siempre recibiendo anotaciones por las mismas huevás, ¿por qué? porque no nos resistimos a la posibilidad de transgredir las normas.

Lo curioso es que uno lo hace sin propósitos muy sofisticados, es más, no existen propósitos para hacerlo, la cuestión es transgredir la norma. Quizá en el caso de copiar en una prueba hay más propósitos: usar el tiempo de estudio en cosas más entretenidas.

La conversación sobre las normas, las reglas, las leyes la tengo desde hace unos días a propósito de lo acontecido con las elecciones del nuevo presidente de la ANFP. Si bien creo que dicho proceso eleccionario no tiene ninguna trascendencia e importancia real en nuestras vidas, como resultado, pienso que los temas que descubre sin ningún pudor de sus actores son una gran evidencia de que las normas existen para transgredirlas.

Transgredir las normas puede aparecer como algo razonablemente malo (sobretodo para los Católicos y/o religiosos). Para el que tiene el deseo de hacerlo, claramente no lo es. Pienso que hacerlo es solamente un hecho, como cualquiera, y que la diferencia con un hecho ordinario suscrito al marco legal está en que tiene ciertas consecuencias según la norma que se transgreda. Así pienso que cuando uno transgrede la norma a conciencia de las consecuencias que puede tener hacerlo, como castigo posterior y como hechos secundarios, y se arriesga a acatar lo que la transgresión sugiere, no obra mal.

El caso de la ANFP tiene varios puntos interesantes a observar:

1) Si todos se ponen de acuerdo, es posible transgredir una norma sin que ello implique acatar castigo posterior alguno, a pesar de estar establecido. La pregunta es, ¿por qué existe dicha norma si nadie la respeta?
2) Un tipo transgrede dicha norma, y a pesar de las evidencias, trata como sea de parecer que no lo hace. Se esfuerza en ello. Justifica además su actuar y sus evidencias en que muchos deberían estar descalificados de sus puestos de presidentes porque no cumplen con la norma. O sea reconoce que tal norma existe, y reconoce que otros la transgreden, pero para que no se vea así, prefiere decir que "si ellos lo hacen, porque yo no". ¿Dónde está la culpa?
3) Algunos proponen derogar la norma, para que el nuevo presidente electo, pueda asumir sin inconvenientes. Pragmatismo puro. ¿Qué habrán aprendido del papá los hijos de esas personas?
Pienso en recobrar el carácter,
en volver sobre mi actitud
que perdí con el corte de un bisturí
cuyo rastro será el recuerdo perenne
sobre mi cuerpo vulnerado
por la anestesia
y por el show montado
en esa sala medio lunar
animado por un grupo de personas
que no saben quien soy
ni quienes somos.

La sensación es fría
como de metal
duele,
y entonces odio un poco la vida
a ratos
pienso en que es mejor morirme.
Me detengo y me pregunto en qué momento,
en qué preciso momento llegué a
darle lugar a un pensamiento como éste,
cuándo es que dejé la ventana medio abierta
para que se filtrara como una ráfaga de viento suave
que me viola
y se ríe en mi propia cara
por mi inocencia y mi debilidad.

Cuando todo sigue siendo tan lindo
como siempre,
yo estoy insistiendo en definirlo todo
como una vil mierda
odiable
aborrecible...

Mejor
voy a seguir leyendo a Houellebecq
a imaginar con precisión
la escena en que el mismo se mata
en "El mapa y el territorio",
es un imbécil
NOSOTROS
DOS
SIEMPRE
LA
PASAMOS
BIEN
,
INCLUSO
CUANDO
LA
PASAMOS 
MAL
.
Ve entrar el metro en la estación, y al mismo tiempo observa la cara de las personas que con un evidente ánimo de resignación van camino al trabajo, igual que él.

Los vagones pasan a su lado totalmente repletos. Imagina por un momento un camión de carga de animales. Se ríe y se preocupa. ¿Y ahora cómo cresta me subo? se pregunta, sin pronunciar una palabra.

Antes de que el tren se detenga decide no subirse, cree que es mejor esperar el siguiente. Decide también caminar hacia el final del andén donde advierte que hay menos pasajeros esperando. Entonces comienza el tránsito hasta el punto preciso en que se ubica siempre el último vagón. Mientras camina, con pausa, sintiendo el ambiente, adivinando historias, las puertas se abren y las personas se esfuerzan para bajar. Se bajan tres o a veces cuatro: son jóvenes, mujeres, señoras, hombres, niños, caballeros. Lo curioso es que parece que quienes salen no ocupan espacio, pues los carros siguen igual de llenos, las personas en la orilla, bajo el marco de la puerta, no se mueven hacia el interior. Quienes esperan su turno afuera, piden un lugar, piden desde luego un poco respeto, o algo más parecido a la consideración, pues llegar tarde al trabajo de manera recurrente puede ser causal de despido. Los del vagón no los miran a los ojos, y tampoco les dicen algo.

Por mientras él camina, y observa como quien mira la jaula de los monos en el zoológico. Aprovecha el recorrido para guardar la billetera en el interior de su bolso que tiene un compartimento especialmente diseñado para este fin. Es un pequeño bolsillo secreto. Además saca sus audífonos y los conecta a su iPhone.

El tren cierra las puertas y se va. Muchos pasajeros se quedan en el andén esperando un nuevo carro. Las personas siempre esperan su oportunidad con derrota. El metro de Santiago es sólo para perseverantes y resilientes, o para violentos e irrespetuosos estresados.

El protagonista de esta historia llega al lugar donde piensa que tendrá mejores posibilidades. Ha caminado con sigilo, porque no quiere que lo imiten. No quiere que los demás adviertan lo que ha descubierto con mucha observación los últimos meses: los pasajeros que esperan el metro se aglomeran en el centro del andén y no caminan hacia los extremos. Imagina que es posible que le tengan miedo a los extremos.

Un nuevo tren asoma sus luces amarillentas y gastadas en medio del túnel. Está próximo a entrar en la estación Salvador. Por mientras ocurre esto él escucha una canción de Chinoy con la que identifica la escena que protagoniza. Carne de Gallina. Le gusta particularmente la parte que dice:

"El viajero matutino / que avanza como cangrejo / que pisa sobre lo viejo / para desviar el camino"

El tren se detiene y esta vez la suerte está de su lado, el último vagón lleva un lugar en el que puede entrar ajustado. Calcula con precisión la distancia entre su posición y el camino por el que la puerta se cierra. Se enciende la pequeña luz roja que está justo sobre él, comienza a sonar un pitido agudo y se escucha en el altoparlante del vagón el anuncio de todos los días, en una voz metálica y robótica: "se inicia el cierre de puertas". Una vez que se ha cerrado se da cuenta que no tiene un punto de apoyo. Busca entonces en la geometría de la puerta alguna forma, algún detalle en el volumen, que le permita afirmarse para hacer frente a la inercia de una posible frenada brusca. No encuentra un buen punto y se refugia en la fuerza de sus pies, con los que piensa puede evitar abalanzarse sobre la mujer que está sobre su derecha.

El aire al interior del vagón es denso. El calor es sofocante, y a ratos siente una ráfaga de mal aliento de alguno de los pasajeros que le acompañan. Roza y lo rozan. Se mueve con extremo cuidado, sabe que un movimiento torpe puede provocar un golpe, y un golpe mínimo en ese contexto puede desencadenar con facilidad una riña mayor o bien un ir y venir de insultos gratuitos.

Con lentitud el tren se pone en movimiento. Las personas que no han tenido suerte se quedan en el andén esperando que el futuro sea más considerado, mientras él las ve quedarse atrás, como despidiéndose. Los imagina como extras de una teleserie o una película. Extras de su propia vida.

Él ya no se inmuta, es algo por lo que pasa todos los días. Se deja llevar, mientras sigue escuchando música, y espiando a los demás pasajeros en el reflejo de la puerta.

Su destino es la estación Tobalaba.
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